La guerra no había terminado y yo me desesperaba esperando y esperando.
Mientras esperaba el permiso, utilicé el tiempo preparándome para el largo viaje a Bagdad. Compré bidones de gasolina para atravesar el desierto.
Tuve que comprar también un tubo de goma para echar la gasolina de los bidones al depósito del coche.
Sólo conseguía visados de salida a Basora de un día. Iba a Basora, cubría alguna noticia, como la presencia del buque español Galicia en el puerto de Un Qasr, y regresaba a Kuwait.
Camino del aeropuerto de Basora nos encontramos estos carros irquíes que habían sido destruidos por las tropas británicas. Aún desprendían radiación.
Enfrente del hotel Sheraton de Basora, se contempla una hermosa vista del Tigris y del Eúfrates, ya unidos.
En una de estas salidas a Basora, ocupada por tropas británicas, ví el saqueo del hotel Sheraton. Allí se llevaban de todo, hasta dejarlo en los huesos.
Era tanta la necesidad que los iraquíes arramplaban con todo lo que podía serles útiles.
Por fin, me dieron el permiso de salida a Bagdag. Ya tenía todo preparado en el coche, así que podía salir inmediatamente.
Cargamos el coche con gasolina, víveres, nuestra mochila, el teléfono satélite y el material de rodaje.
Pusimos una pegatina de TVE en el coche para identificarnos como Prensa y evitar algún asalto desagradable. Claro que eso no era garantía de nada.
El paso fronterizo de Kuwait con Iraq lo pasamos sin problemas, y enseguida llegamos (tras cruzar la tierra de nadie) con la frontera iraqí. Aquel paso fronterizo, en el que había estado 2 años antes, y que se encontraba fuertemente custodiado, hoy era un paso libre en el que con un poco de suerte (nosotros no la tuvimos) no te apedreaban los muchachos.
Ya estábamos en el camino correcto. La autopista a Bagdag desde la frontera no es mala y en algunos trozos realmente buena.
No dejamos de ver convoyes militares durante todo el trayecto. Armamento y pertrechos que iban hacia la capital, como nostros.
Durante el camino escaseaba el combustible y por supuesto el agua. En los escasos pozos, decenas de iraquíes se agolpaban para recoger agua.
Y nuevos convoyes militares.
Tras parar en Nasiriya y en Diwaniya, llegamos a Bagdag, al hotel Sheraton. Ocupamos 3 habitaciones al final de este pasillo.
Desde nuestro hotel íbamos muchas noches al Palestina donde podríamos beber cervezas frías.
Una de las primeras cosas que hicimos fue conectar el teléfono satelital para comunicarnos con Madrid e informar a la Redacción de nuestra llega sano y salvos.
El hotel tenía una piscina estupenda y una barbacoa en la que hicimos varias cenas con los enviados especiales de El País, El Mundo, y otros colegas de otras televisiones extranjeras.
El recinto en el que están los hoteles Sheraton y Palestina estuvo guardado por carros de combate norteamericanos.
Como una premonición, muchas estatuas del dictador Saddam estaban decapitadas o destruidas, así como sus retratos que inundaban las calles de Iraq.
En este Ministerio, hoy destruido por las bombas (uno de los primeros en caer) me pasé hace 2 años muchas horas esperando autorización para enrevistar a ministros del régimen. ¡Qué recuerdos!
Una de las informaciones que enviamos fue el descubrimiento de una fosa con miles de cuerpos. Saddam había ordenado fusilar a aquellos que se oponían a su régimen.
El dinar irqí deó de tener valor y durante un tiempo se cambió por dólares norteamericanos. Fuimos a rodar aquel trueque al que asistieron miles y miles de iraquíes.
En una ocasión pudimos patrullar con soldados USA. Nos llevaron a un edificio en ruinas donde asistimos a la detención de unos 7 iraquíes acusados de activistas.
Delante de las puertas de Babilonia, el GM se averió. Y allí, frente a las puertas de la ciudad pasamos el día hasta que pudimos remolcar el coche hasta Al Hillah.